La soberbia y el orgullo son obstáculos que frenan la bendición de Dios, ya que Él resiste a los soberbios y da gracia a los humildes.
La soberbia se originó en el cielo con Luzbel y fue sembrada en Adán y Eva, llevando a su caída y a la entrada de la maldición en el mundo. Quienes actúan con soberbia se convierten en su propio dios, y Dios no los atiende.
En contraste, la humildad ante Dios permite que Él escuche, atienda, prospere y sane. La Biblia advierte contra la altanería y la tibieza espiritual, recordando que somos polvo y debemos humillarnos ante la mano poderosa de Dios para recibir sus bendiciones.