Ser discípulo de Jesús requiere alejarse completamente del pecado y someter la propia voluntad a la voluntad divina. El ego busca ser acariciado, pero el Señor pide devoción total, lealtad y negación de uno mismo.
El costo de ser discípulo de Cristo es alto, implicando renunciar incluso a la propia vida. Por esta razón, se afirma que son pocos los que logran serlo, ya que no todos están dispuestos a pagar el precio.
Se reitera que el arrepentimiento significa cambiar la propia voluntad por la de Dios, un proceso que no es fácil y que implica un cambio radical de vida, tal como Jesús indicó al hablar de cortarse una mano o sacarse un ojo para entrar en la vida eterna.