Muma, a sus 50 años, sigue cargando con el trauma infantil de las experiencias vividas en la escuela, especialmente en educación física. A pesar del tiempo transcurrido, los recuerdos de humillación y las voces de los agresores persisten.
El participante relata que, aunque no recuerda las caras, sí tiene presentes las palabras y las risas que lo marcaron, evidenciando cómo la violencia escolar puede dejar secuelas permanentes.