Se reflexiona sobre cómo la violencia escolar genera un miedo paralizante y afecta la identidad, haciendo que los niños se vean a sí mismos como "el que hace las cosas mal" o "el torpe". El trauma puede persistir incluso cuando el agresor ya no está presente.
La dificultad para cortar con estos ciclos de violencia se agrava cuando el entorno (docentes, compañeros) permite o fomenta el hostigamiento, dejando marcas profundas y duraderas en la persona.