Al llegar el padre Raúl en 1988, la Parroquia del Santísimo Sacramento se encontraba en un estado de deterioro considerable, con problemas de humedad, filtraciones y fallas en la instalación eléctrica.
Había sectores del templo que se caían, como una parte trasera que se derrumbó por completo, generando un gran susto y la posibilidad de que los responsables hubieran enfrentado consecuencias legales si ocurría en otro momento.
La situación era crítica, evidenciando la necesidad urgente de una restauración integral que recuperara la estructura y la estética del edificio.