Belén Jiménez comparte experiencias que interpreta como señales o mensajes de su fallecido esposo, René Bertrand. Relata un episodio en el que, mientras hablaba con un amigo, un objeto cayó de forma peculiar, y otro en el que el coche de juguete de su hijo Franco comenzó a moverse solo mientras ella cantaba una canción que le gustaba a René.
Estos sucesos, que ella no considera producto de la locura sino de una conexión especial, la llevan a reflexionar sobre la presencia de René en su vida y en la de sus hijos. A pesar de la extrañeza de los eventos, Belén los acepta como parte de su proceso de duelo y sanación, y los comparte con su actual pareja, Ariel, quien también ha mostrado comprensión.