Los grupos narcos sudamericanos utilizan el oro extraído de la minería ilegal en la Amazonía para lavar dinero del narcotráfico, superando en ganancias incluso al tráfico de cocaína. Extraen el metal en zonas sin control estatal y lo mezclan con producción legal mediante empresas pantalla y certificados falsos de origen.
El proceso sigue tres etapas clásicas: colocación, estratificación e integración. El oro destaca por su alta densidad que permite transportar fortunas en poco volumen, su rol como activo refugio en crisis y su maleabilidad para convertirlo en lingotes o joyas sin dejar huellas claras.
Desde los años 80, tras endurecimiento de leyes en Estados Unidos, los cárteles optaron por este metal tangible y difícil de rastrear. La Amazonía ofrece el territorio ideal por la débil presencia estatal y fronteras difusas, financiando operaciones que causan deforestación masiva, contaminación con mercurio, explotación laboral, trata de personas y violencia.
Este negocio transforma un símbolo ancestral en herramienta de impunidad, ocultando no solo dinero sino costos humanos y ambientales bajo su brillo en el crimen global.