La península de Crimea, ubicada en el Mar Negro al sur de Ucrania, ha sido disputada desde el siglo XVIII cuando Catalina la Grande la anexó al Imperio Ruso, con Sevastopol como base naval clave, y conflictos como la Guerra de Crimea (1853-1856) entre Rusia, Imperio Otomano, Gran Bretaña y Francia.
En la era soviética, los tártaros fueron deportados por Stalin en 1944 por presunta colaboración nazi; en 1954, Nikita Khrushchev la transfirió a Ucrania. Tras 1991, tensiones entre Rusia y Ucrania culminaron en la anexión rusa en 2014 vía referéndum controvertido, aprovechando caos post-revolución ucraniana.
Durante la Segunda Guerra Mundial, Crimea fue escenario de asedio brutal en Sevastopol con cañón Dora alemán; soviéticos resistieron y reconquistaron en 1944. Hoy, con población mayoritariamente étnica rusa (58% en 2001), es estratégica por su base naval, turismo y economía, clave en la guerra actual.
Figuras como Donald Trump y Vladimir Putin discutieron Crimea en 2019; expertos destacan su rol en acuerdos nucleares soviéticos y negociaciones de paz, reconociendo fronteras pre-2014 como irrealistas.