Mirta, pensionada de 70 años hipertensa y cardíaca, duerme en un ranchito armado en la vereda de su propiedad en calle 252 N°1051, Barrio San Carlos, Berazategui, porque su hijo Ariel Federico Portillo Martín, alias Federico, demolió la casa original para quedarse con el terreno grande donde construyó la suya al fondo.
Relata que dio permiso al hijo para construir atrás mientras ella alquilaba adelante, pero al volver de Espeleta la echaron alegando que la casa ya no existía; solo tiene un boleto de compra y venta heredado del padre, sin escritura. Denunció en policía y juzgados, pero le piden abogado civil particular por 3 millones de pesos, que no puede pagar. Quiere su parte del terreno para edificar algo, no echar al hijo.
Vecinos gritan "sin vergüenza" al hijo y le llevan comida, fruta y té. Otro hijo, Norberto, la llevó al estudio, banca su decisión de quedarse en la vereda para presionar, le prestó departamento antes pero ruidos la atormentaban; dice que Federico no reacciona al llamado en vivo. Periodistas insisten en alquiler temporal digno, pero Mirta rechaza: "es lo último que me queda".
Conduce Amalia Granata indignada por justicia lenta y ausencia estatal; pide abogados pro bono o intervención de Berazategui. Reportero Fernando Moreno muestra el ranchito con sábanas, brazadas y sillas; Mirta prepara malta caliente. Caso interpela vejez sin techo digno pese a laburo de vida.