El presidente Javier Milei ejerce el poder en un modo paranoico, desconfiando de todos y reinterpretando la realidad como un complot periodístico. Interpreta datos reales como la caída de la actividad económica, el descontento social y la baja en encuestas como invenciones de la prensa maligna.
Esta paranoia genera aislamiento, ya que Milei habla con menos gente, incluyendo sus ministros, y deriva en agresión constante contra periodistas, economistas y opositores. Califica leyes democráticamente aprobadas, como las de discapacidad y financiamiento universitario, como intentos golpistas, pese a su obligatoriedad constitucional.
El apoyo incondicional a Manuel Adorni, vocero y jefe de gabinete, ejemplifica esta lógica: Milei lo defiende ante causas judiciales por gastos incompatibles con la austeridad oficial, como 14 mil dólares en efectivo para vacaciones en Aruba y compras inmobiliarias por 65 mil dólares, mientras acumula deudas por 335 mil dólares.
Finalmente, la visita secreta de Peter Thiel, dueño de Palantir, ofrece herramientas de control social mediante cruce de datos para vigilar disidentes, alineándose con la paranoia presidencial que ve amenazas en todas partes.