Publicó un aviso para sirviente, ganó la confianza del francés recién llegado, lo hizo asegurar su vida en La Previsora del Hogar con él como beneficiario fingiendo ser cuñado, y empezó a envenenarlo con cloroformo y estricnina en alimentos, causando dolores estomacales intensos. Llamó a un médico para disimular, pero continuó hasta la muerte de Augusto, enterrado en la Chacarita.
Al reclamar el dinero, el inspector detectó sospechas por la relación de cuñado y contradicciones en el relato de Castruccio. Encontraron una libreta con anotaciones codificadas de los días de agonía. Fue condenado a muerte, pero indultado por el presidente Miguel Juárez Celman el 22 de enero de 1890, evitando el fusilamiento. Terminó sus días en un psiquiátrico escribiendo poesía sobre amor y veneno, viviendo hasta la década del 20.