Cintia relató su infancia marcada por el abandono del padre y el trabajo en la calle recolectando cartones para comer, lo que generó resentimiento hacia los hombres.
A los 14 años formó una familia, pero su pareja cayó en drogas y mentiras; tras separarse, Cintia entró en la vida nocturna, drogas, alcohol y empezó a prostituirse para mantener a su familia, sintiéndose un objeto sin valor.
Sumida en depresión y angustia, planeó quitarse la vida y matar a sus hijos, llegando a pensar en saltar de un piso alto o abrir la llave de gas, pero no lo logró y tocó fondo sin apoyo.
Un conocido le mostró la paz de Jesús y la Iglesia Universal; tras resistirse, asistió, priorizó buscar a Dios y recibió al Espíritu Santo, que llenó su vacío con felicidad y amor, unificando su familia ensamblada.
Hoy Cintia vive feliz, casada en la iglesia, y considera al Espíritu Santo su guía diaria que le recuerda de dónde la sacó Dios.