El pastor enseña que Dios bendice a los humildes y arrepentidos, citando Isaías 57:15 y 66:2, pues viven con el hombre contrito y desprecian al orgulloso.
La humildad es la mejor ofrenda, puerta a la presencia divina, clave para honores y oraciones escuchadas, como en Proverbios 3 y Santiago 4:10. Los humildes reconocen dependencia total de Dios, oran constantemente y evitan autosuficiencia.
Ejemplos bíblicos: Acap y su esposa se humillaron y Dios perdonó pese a pecados graves; Manasés arrepentido desactivó maldiciones. Orgullosos como Herodes y Nabucodonosor son juzgados.
En la parábola del fariseo y publicano, el humilde es justificado por golpear su pecho y pedir misericordia, mientras el orgulloso es rechazado pese a ayunos y diezmos excesivos.