Los macrófagos, células inmunitarias que absorben bacterias y virus para destruirlos, ingieren partículas de poliestireno pero no logran degradarlas. En experimentos de Thierry Ravillot, la fluorescencia persiste tras una semana, demostrando que el plástico resiste la destrucción normal, a diferencia de las bacterias que se eliminan en un día.
La exposición crónica acumula plástico en las células, sobrecargándolas y reduciendo su eficiencia contra patógenos, además de generar hiperactividad con liberación permanente de peróxido de hidrógeno. Este estrés oxidativo daña tejidos circundantes, similar a enfermedades como la silicosis. Alba Hernández expuso células pulmonares a nanoplástico de PET durante siete meses y medio, confirmando roturas en cadenas de ADN mediante el ensayo del cometa.
El obstetra Antonio Ragusa descubrió microplásticos en placentas, confirmando su paso a la parte fetal. Estudios belgas analizan 700 placentas de un biobanco para correlacionar concentraciones con datos clínicos de niños. En Barcelona, células pulmonares expuestas desarrollaron capacidad invasiva y metastásica, indicando propiedades cancerígenas del nanoplástico de botellas reales.
Los científicos advierten de un problema global de salud pública por inflamaciones crónicas y posibles cánceres, con producción de plásticos triplicándose para 2060 según la OCDE. Urgen reducir el consumo para evitar la saturación del cuerpo humano como el planeta.