Junior, un joven de 16 años del interior del Chaco, vive con graves secuelas de un parto complicado donde nació de pie y fue mal manejado por médicos, lo que le provocó discapacidad motora y atraso madurativo. Su madre relató que el bebé no lloraba al nacer, lo dejaron en una mesada al revés y solo revivió tras golpes de una enfermera, pero ya con daños irreversibles.
La familia enfrenta enormes dificultades para acceder a atención médica: viajan cientos de kilómetros en moto con cuatro personas para sacar turnos en hospitales de Monte o Santiago, pero solo atienden a 10 pacientes por médico y los derivan sin solución. Necesitan un neurólogo para rehabilitación, pero el sistema centralizado los deja abandonados en la ruralidad, sin albergue ni transporte.
Claudia, la madre, cuida sola a Junior todos los días, bañándolo y asistiendo sus necesidades básicas, mientras sueña con que camine. Periodistas destacan el abandono estatal y la soledad de estas familias, que venden cabritos o trabajan con postes para sobrevivir, y promueven trámites como la junta evaluadora para certificar discapacidad y obtener ayuda.
En la zona del Impenetrable, escuelas con albergue buscan romper el ciclo de pobreza, permitiendo que chicos como Junior estudien y sueñen con un futuro mejor que casarse jóvenes o cortar leña.