Maximiliano relató su infancia marcada por la pobreza extrema, donde pedía restos en carnicerías y sufría carencias con sus siete hermanos.
A los 13 años comenzó con alcohol y marihuana, escalando a cocaína, crack y pasta base, lo que le costó trabajo, familia y dos hijos, culminando en cuatro sobredosis e intentos de suicidio.
Alucinaba fantasmas, vendió todo y fue expulsado por su familia; un accidente desfiguró su rostro, pero encontró salvación en la Iglesia Universal, recibiendo el Espíritu Santo el 15 de diciembre de 2014.
Hoy vive feliz, con familia restaurada, paz y alegría, atribuyendo todo al reino de los cielos según Mateo 6:33.