Aaron Copland viajó a México en el otoño de 1932 y quedó fascinado con el Salón México, un nightclub con orquesta cubana que tocaba son y mambo, similar a uno de Harlem.
El local tenía tres salas para gente vestida al estilo estadounidense, con overalls y zapatos, o descalza, y un cartel pedía no arrojar colillas encendidas para no quemar los pies de las damas.
Copland abandonó el lugar a las 5 de la mañana con la idea de escribir una obra que capturara el espíritu del pueblo mexicano desde la visión de un turista.
Usó melodías autóctonas de antologías como El palo verde, El mosquito, La jesuita, El curripiti, Camino real de colinas y El malacate. En una carta escribió que quizás no resulte muy mexicana, pero suene mexicana en América del Norte.