María Elkazen, una argentina radicada en Líbano, describió en vivo desde Jounieh, a 20 kilómetros al norte de Beirut, una paz tóxica en medio de la tregua entre Israel y Hezbollah que no incluye al Líbano. La población vive con temor constante a bombardeos y misiles, mientras las celebraciones religiosas como la Semana Santa ortodoxa se ven limitadas por el conflicto.
Los libaneses distinguen entre el país y Hezbollah, con 18 religiones conviviendo en un territorio pequeño. Muchos perdieron familiares, casas o trabajos, y la rutina diaria se alteró drásticamente: los mercados están vacíos porque la gente que trabaja en Beirut vive afuera y no se anima a entrar por el miedo.
La crisis económica agravó todo, con precios duplicados en nafta y remedios importados escasos. Los salarios estancados y empresas cerradas dejan a la gente sin ingresos, en un país ya golpeado por inflación previa. Elkazen resaltó la resiliencia libanesa, pero confesó agotamiento generalizado.
Al mostrar su entorno, enfatizó que 20 kilómetros de distancia no protegen del ruido de explosiones, y el primer reflejo ante ataques es abrir ventanas para evitar roturas y llamar a familiares para verificar si están vivos.