La jefatura de gabinete se creó en la reforma constitucional de 1994 como parte del Pacto de Olivos para atenuar el presidencialismo y actuar como fusible en crisis, según explicó Camila Perochena junto a Carlos Pañi.
Raúl Alfonsín impulsó la figura para contrapesar el poder presidencial, facilitar cooptación de oposición como peronistas y absorber crisis sin que renuncie el presidente, recordando el caos de 1989. Sin embargo, ningún objetivo se cumplió plenamente porque el jefe siempre quedó subordinado al presidente.
En la práctica, jefes como Bausá con Menem acumularon poder en gestión y armado político por delegación, mientras Colombo con De la Rúa negoció con peronistas y UCR sin evitar la crisis de 2001. Alberto Fernández con Néstor Kirchner fue armador político, no gestor.
Con Cristina Fernández de Kirchner funcionó como fusible: saltaron Alberto tras 125, Massa post-2009 y Abal Medina tras 2013. Macri dividió roles entre Peña (político-comunicación) y vicejefes gestores que saltaron en 2018.
Manuel Adorni genera crisis de gobierno en lugar de resolverlas, en contraste con predecesores como Pose o Franco.