Claudio sufría dolores abdominales insoportables diagnosticados como hernia inguinal, que no cedían con medicamentos y requerían cirugía, impidiéndole estar acostado, sentado o parado.
Rechazó la operación, usó la fe en la iglesia, y tras estudios médicos posteriores la hernia desapareció completamente junto con los dolores.
Recibió el Espíritu Santo, que cambió su carácter nervioso y depresivo, liberándolo de complejos y dándole paz y fuerza.