José de Arimatea, miembro del concilio de Jerusalén y seguidor de Cristo, pidió el cuerpo de Jesús a Pilato tras confirmar su muerte y lo colocó en una tumba nueva tallada en roca, donde nadie había sido enterrado antes.
El Espíritu Santo registró este detalle para validar la identidad del resucitado, ya que en sepulcros familiares como la cueva de Macpela sería imposible distinguir quién resucitó. La tumba no tenía túneles ni salidas secretas, impidiendo robos por discípulos.
José rodó una piedra grande a la entrada, custodiada por guardias romanos durante 24 horas, lo que hace imposible que un desmayado saliera sin fuerza tras flagelación y crucifixión. Esta precaución judía confirmó el milagro de la resurrección.
La resurrección demuestra que Jesús es el Hijo de Dios, asegura salvación y justificación, garantiza vida eterna y esperanza para la misión cristiana, como Pablo recordó a Timoteo.