El pastor completó su enseñanza sobre el poder de la oración destacando la perseverancia para conocer la voluntad de Dios, como Jesús en Getsemaní y Pablo con su espina en la carne, insistiendo en no levantarse de rodillas hasta recibir respuesta.
Explicó que la oración de gratitud es perfume agradable a Dios, incluso ante nuestra indiferencia, y que la confesión de pecados es esencial, citando Salmos y Proverbios, pues Dios perdona al arrepentido según 2 Crónicas 7:14.
Ilustró con la parábola del publicano y fariseo: el fariseo oró largo pero orgulloso y no fue oído, mientras el publicano con seis palabras humildes "Dios sé propicio a mí pecador" volvió justificado. Recordó a Pedro gritando "Señor sálvame" hundiéndose, rescatado al instante.
Enfatizó que oraciones fervientes, intensas y arrepentidas, aunque cortas, mueven a Dios en tribulaciones, y que urgencias son oportunidades para su poder, citando "todo lo puedo en Cristo".