Nelson Castro y Eduardo Lázari describen el régimen del Shah de Irán como corrupto y brutal, que llegó al poder tras un golpe de Estado en 1953 orquestado por la CIA y el servicio de inteligencia británico contra el primer ministro electo Mohammad Mosaddegh, quien quería nacionalizar el petróleo y afectaba a empresas como British Petroleum.
Explican que el Shah impuso una gran represión, persecución y muerte, lo que generó la reacción popular que llevó a la Revolución de 1979 de los ayatolás, aunque estos resultaron aún peores con un régimen teocrático autoritario y retroceso social, incluyendo el fomento del crecimiento poblacional como bendición de Alá, duplicando la población desde entonces.
El hijo del Shah, Reza Pahlavi, emite un comunicado pero no convence como alternativa política, ya que Estados Unidos no lo ve viable, no despierta entusiasmo popular y carece de relevancia histórica desde su exilio en 1979, con apariciones poco impactantes que requerían entrenamiento.
Ambos coinciden en la falta de figuras políticas alternativas conocidas en Irán para revertir el régimen actual, en medio de un cierre informativo total por cortes de internet y fronteras, donde solo sale información de la TV estatal.