Mohammed bin Salman (MBS), príncipe heredero de Arabia Saudita, lanzó en 2017 una purga masiva contra élites corruptas, confinandolas en el Ritz-Carlton de Riad. Elaboraron expedientes secretos y reunieron pruebas, obligando a los detenidos a ceder empresas o activos para salir, en nombre de la lucha anticorrupción. Se calcula que MBS recaudó 107 mil millones de dólares durante ese confinamiento en la llamada cárcel de cinco estrellas.
La purga contó con apoyo popular, ya que muchos sauditas veían a los confinados como enriquecidos ilícitamente durante años. MBS, marginado inicialmente en la realeza por su linaje materno, acumuló rencor contra la élite y, tras el ascenso de su padre Salman bin Abdulaziz al trono en 2015, se convirtió en ministro de defensa y príncipe heredero suplente. Lanzó intervenciones en Yemen contra hutíes respaldados por Irán, causando una catástrofe humanitaria, y promovió la Visión 2030 para diversificar la economía.
Bajo MBS, Arabia Saudita experimenta cambios sociales profundos: sauditas ahora venden helados y palomitas, rompiendo con la dependencia de subvenciones petroleras. MBS debilitó a la policía religiosa, que antes arrestaba por vestimenta o rezos, quitándoles autoridad para solo regañar. Como estudioso del derecho islámico, MBS rebate a clérigos conservadores en su propio lenguaje, promoviendo menos normas religiosas a cambio de trabajo.
En Diriya, un museo reescribe la historia saudita: declara 1727 como fecha de fundación por decreto de rey Salman en 2022, minimizando el rol del wahabismo y su líder Muhammad ibn Abd al-Wahhab, aliado posterior de los Saud. Esto resta poder a clérigos conservadores. En Al-Ula, invierten miles de millones en turismo, abriendo la antigua ciudad nabatea de Hegra, antes prohibida por fatuas religiosas como lugar maldito, y organizan raves en el desierto con artistas internacionales para competir con Dubái.
La popularidad de MBS es aparente: celebran su retrato en fiestas nacionales, pero críticos enfrentan cárcel o tortura por opiniones en redes. Exiliados como Foss Al-Otaydi relatan discriminación en eventos como festivales, donde turistas disfrutan libertades negadas a sauditas locales.