Los franceses adoptaron el modelo británico de contrato de servidumbre para las plantaciones de azúcar tras la abolición de la esclavitud, obligando a trabajadores indios y chinos a laborar por años bajo deudas perpetuas que los encadenaban a las fincas.
Este sistema, en la frontera entre esclavitud y libertad, mantenía condiciones idénticas: mismos alojamientos precarios, ritmo extenuante y jerarquías de señores y sirvientes. Las deudas por alimentos o ron prolongaban indefinidamente los contratos de cinco años, creando un círculo vicioso que duraba décadas.
Entre 1850 y 1930, 750.000 chinos y 2 millones de indios fueron enviados globalmente a la industria azucarera como culíes, rescatando así el negocio colonial.
En República Dominicana, los cortadores haitianos enfrentan una servidumbre moderna sin derechos: el Estado les retiene pensiones y liquidaciones tras décadas de trabajo brutal bajo el sol, dejando a ancianos como uno que llegó en 1958 sin ayuda alguna.
La industria azucarera se adaptó a todo: abolición, cambios de mercado y auge en el siglo XX, con Estados Unidos emergiendo como nueva potencia dominadora del sector.