Estados Unidos utiliza drones Shahed low cost, mejorados con antenas Starlink y chips de IA, para atacar sistemas antiaéreos como los S-400 remanentes del régimen iraní. Estos drones baratos permiten enjambres coordinados que saturan las defensas enemigas, volando a media altura con alcances de hasta 2.000 kilómetros y autonomía en la fase final ante jamming de GPS.
Israel emplea drones similares para eliminar puestos de control de las fuerzas represivas Basij, recibiendo tips vía VPN de iraníes disidentes, lo que dificulta la represión interna de manera económica y efectiva. Panelistas destacan cómo esta tecnología transforma la guerra en una sinfonía coordinada, similar a shows de drones pero letal.
El avión EA-18G Growler, un hacker volador despegado de portaaviones en el Golfo Pérsico e Índico, anula radares enemigos, envía imágenes falsas y genera interferencias constantes, cegando las defensas iraníes que carecen de contramedidas similares. China podría proveerlas pero no lo hace.
La IA de empresas como Anthropic mapea en tiempo real el terreno para operar sin GPS, mientras Trump impulsó producción local para evitar chips chinos espías. Aviones autónomos reemplazan pilotos élite, cuyo costo y límites humanos son prohibitivos en operaciones 24/7.
El consumo masivo eleva el presupuesto de defensa de EE.UU. por encima de 2 billones de dólares, con Trump pidiendo trillones más ante stocks agotados por Ucrania y esta guerra, donde cada dron cuesta 35.000 dólares y aviones autónomos millones.