Samira Bandali, ciudadana iraní radicada en Argentina hace 11 años y sin visitar Irán desde 2017, describe la vida de las mujeres bajo el régimen como una guerra diaria, donde deben vestirse "de guerra" para salir a la calle porque cualquier ciudadano puede atacarlas arbitrariamente si no aprueba su vestimenta, con permiso estatal.
Aunque ahora las mujeres pueden mirar al sexo opuesto, el Estado reprime duramente a las atletas que compiten internacionalmente: deben respetar la ley de Sharia, no hablar ni fotografiarse con rivales del sexo opuesto, y viajan vigiladas por equipos dobles de custodios para evitar pedidos de asilo. Al regresar, enfrentan represión si interactúan con otros.
Para salir del país, las familias depositan garantías como bienes o dinero, que pierden si el atleta no vuelve. Si rechazan competir, terminan su carrera; muchos provienen de clases bajas sin sueldos estatales, trabajando como obreros para sobrevivir. En casos de asilo, como las jugadoras en Australia vía Malasia, las familias sufren represalias arbitrarias, incluyendo ataques a sus casas.
Bandali relata ejecuciones de atletas acusados falsamente de espionaje o asesinato, como Navid Afkari, fusilaron pese a pruebas de inocencia; obligan confesiones falsas en televisión pública bajo tortura, amenazando con violar o matar familiares, y luego los ejecutan. La TV estatal es propaganda dirigida por torturadores.
Personalmente, Bandali perdió contacto con su familia por cortes de internet tras masacres; se enteró de la muerte de su madre por WhatsApp durante un breve restablecimiento. Representa al pueblo iraní inteligente y educado, que rechaza 47 años de Sharia y exige referéndum; critica santificar al régimen antiimperialista por sus atrocidades internas.