Gilla Murano, catalogada como la asesina serial más actual de Argentina, repetía un patrón al estafar y envenenar a víctimas ancianas de su círculo íntimo para evitar pagar deudas en un contexto de timba financiera similar al método Ponzi.
El periodista Rodolfo relató su primer encuentro con ella tras publicar una columna sobre sus crímenes en el diario Perfil en 2005: Murano se presentó en la redacción exigiendo pago por el taxi desde Mar del Plata y una entrevista exclusiva para "corregir pavadas", manipulándolo con apodos como "Rodolfito" y prometiendo más contactos desde La Boca.
Expertos la describieron como una psicópata perfecta con rasgos narcisistas y perversos, sin empatía ni remordimiento, que seducía a víctimas con promesas de inversiones seguras avaladas por el Ministerio de Economía, controlaba su agonía post-envenenamiento y negaba todo en entrevistas, jactándose sutilmente mientras causaba gracia grotesca.
Clips de Murano mostraron su negación absoluta de los crímenes, invocando a Dios y cuestionando fallos judiciales, mientras panelistas destacaron su frialdad siniestra, estatus social militar que generaba confianza y cómo eclipsó a sus víctimas en la memoria pública, convirtiéndose en una leyenda mediática fascinante.
La producción del segmento comparó su vida con un guion cinematográfico, recreando encuentros en cafés tradicionales de Caballito donde ofrecía "la verdad" a cambio de dinero, enfatizando su tupé manipulador y falta de alma.