Estados Unidos atacó una planta desalinizadora en Irán el 28 de febrero, dejando sin agua potable a 12 ciudades iraníes en una zona desértica donde el agua es vital y se considera un crimen de guerra según tratados internacionales.
Irán respondió atacando una planta similar en Bahréin, aliado de Estados Unidos, y posiblemente en Arabia Saudita, escalando el conflicto hacia una guerra del agua en Medio Oriente, además del bloqueo del Estrecho de Hormuz que amenaza el suministro de petróleo mundial con el 35% del crudo y 30% del gas licuado.
Países como Arabia Saudita dependen del 42% de su agua de desalinizadoras, Kuwait del 90% y Emiratos Árabes Unidos del 42%, haciendo estos ataques estratégicos más críticos que los al petróleo. El cierre del estrecho afecta alimentos importados y genera crisis humanitarias en la región árida.
Emmanuel Macron envió el portaaviones Charles de Gaulle al Estrecho de Hormuz para restablecer la navegación ante amenazas iraníes de hundir barcos, mientras China, gran importadora de petróleo del Golfo Pérsico, urge diálogo para evitar escaladas que encarecen el crudo por encima de los 200 dólares el barril y disparan precios del gas en Europa un 70%.
La muerte de Khamenei y ataques hutíes en Yemen complican rutas marítimas como el canal de Suez, trasladando la guerra híbrida a recursos escasos como el agua, donde solo el 3% mundial es potable.