La comunidad nivaclé de Algarrobal en Formosa enfrenta pobreza extrema sin acceso a DNI, agua potable, salud, viviendas dignas ni energía eléctrica, a 60 kilómetros del tendido más cercano. Las mujeres cargan agua a pie tres veces al día para familias y animales, mientras la dieta se limita a arroz y fideos sin carne por falta de comercios cercanos. Los indígenas reclaman al gobierno provincial reconocimiento como primeros habitantes, ya que el Estado niega su existencia al no estar en papeles.
Dioner Pérez, un joven nivaclé, caminaba cuatro horas diarias —dos al río y dos más cruzándolo— para llegar a la escuela en El Potrillo, quedándose de lunes a viernes en casa de un conocido sin albergue. Terminó primaria pero abandonó secundaria por distancia, COVID y falta de DNI, que impide incluso entregar títulos pese a completarlos, como le pasó a su primo.
La cultura nivaclé se pierde: solo quedan cuentos y costumbres de abuelos, mientras los jóvenes se divierten con fútbol y vóley sin pelotas que se pinchan. Las viviendas son chapas de zinc sin paredes que el viento arrastra, afectando a todas las familias. Sin luz, usan paneles solares para tres bombillas por familia, cargar celulares para emergencias médicas o policía, y buscan refrigeración para alimentos.
Pérez sueña con terminar secundaria y un futuro mejor, pero exige soluciones concretas como agua, salud, caminos pavimentados y reconocimiento oficial. El COVID agravó todo, trabando oportunidades y dejando confusos a los jóvenes por las trabas constantes del Estado.