Las casas de las familias guaraníes en San Ignacio Miní se organizaban en cuadras alrededor de la plaza central, con estancias que servían de residencia, comedor y dormitorio con hamacas típicas. Cada casa tenía puertas de cuero, ventanas, techos de cañas y tejas a dos aguas, y galerías exteriores con arcos sobre pilastras decoradas.
Hacia mediados del siglo XVIII, las ruinas de San Ignacio Miní albergaban uno de los mayores centros culturales y artesanales del virreinato español, con el río Paraná facilitando el intercambio comercial. Sin embargo, la expulsión de los jesuitas en 1768 marcó el fin, seguido de guerras, avance de la selva y abandono que transformaron el pueblo laborioso en ruinas.
Hoy, declarada Patrimonio de la Humanidad, San Ignacio Miní recibe protección y cuidado constante, preservando su legado jesuítico-guaraní.