La estancia de Altagracia en Córdoba funcionaba originalmente como una fábrica jesuítica que producía mulas, granos, telas, cueros, herramientas y ladrillos para solventar económicamente el sistema educativo de la Compañía de Jesús en la manzana jesuítica.
Dirigida por tres sacerdotes jesuitas, la estancia formaba parte de la provincia jesuítica del Paraguay, que abarcaba actuales Paraguay, Brasil, Uruguay, Bolivia y Argentina. A diferencia de las misiones mesopotámicas de consumo interno, Altagracia usaba mano de obra esclava africana de unos 300 negros, mientras indios recibían compensación.
El conjunto incluye iglesia con espadaña, residencia en L con patio claustral, herrería con fuelle y yunque para forja, y tajamar para regular agua. Tras expulsión de jesuitas por Carlos III, pasó a Santiago de Liniers en 1810, quien agregó cocina moderna.
Hoy museo con salas de muebles neobarrocos de su bisnieta, dormitorio alemán con cama cajón, y mobiliario austero serrano, preservando memoria de la orden fundada por San Ignacio de Loyola en el siglo XVI.