Una lluvia negra de petróleo inunda las calles de Teherán tras la explosión de más de 30 tanques en cinco centros petroleros atacados por Israel, generando fuegos incontrolables y ríos de combustible ardiente. Los distritos cercanos sufren columnas de humo tóxico y cenizas que caen del cielo, mientras el incendio persiste por más de 12 horas sin poder ser extinguido, contaminando aire, agua y suelo con hidrocarburos.
Periodistas comparan la escena con películas apocalípticas y volcanes en erupción, describiendo calles cubiertas de petróleo derramado que se mezcla con agua de alcantarillado y prende fuego como reguero de pólvora. Civiles transitan entre ríos de lava negra mientras los bomberos carecen de medios para apagar el desastre hasta que se consuma todo el petróleo acumulado.
El ataque también destruyó dos fábricas de misiles iraníes. La escalada diplomática se acentúa sin promesas de desescalada: Trump rechaza negociaciones, Irán busca sucesor secreto para Khamenei en medio de fisuras entre alas política y militar, y el presidente iraní pide disculpas a vecinos por daños colaterales pero amenaza con responder a bases estadounidenses.
Figuras clave como Larigiani emergen con consenso militar y clerical para liderar decisiones en el régimen, que lucha por contener no solo refinerías sino incendios en las calles mismas.