En La Salada, carreros, remiseros y vendedores mantienen un movimiento frenético desde las 4 de la mañana, cargando mercadería con carros pese a que las ventas se mantienen estables pero insuficientes. Periodistas recorren zonas como Puente de la Noria, Bunge y Punta Mogote, entrevistando a trabajadores independientes que organizan entre sí con respeto mutuo y laburan tres días a la semana.
Menores acompañan a familias en el trajín, mientras un hombre de 76 años con 30 años en el mercado destaca que la juventud prefiere laburar antes que robar. Remiseros cobran entre 6.000 y 7.000 pesos por viaje corto, y vendedores ambulantes ofrecen choripanes, medialunas y Tojorí boliviano en un ambiente de supervivencia constante.
Comerciantes en galerías como Felipe venden manteles, cintos de cuero vacuno desde 7.000 pesos y afirman que el argentino siempre encuentra soluciones, aunque hubo mejores tiempos. Compradores de provincias como San Juan llegan con listas de proveedores vía TikTok e Instagram para revender, y comisionistas recorren 180 km por 50.000 pesos el pasaje.
El ritmo no para: un vendedor hace tres o cuatro vueltas diarias con medialunas antes de ir a su otro trabajo en farmacia, y todos coinciden en que la feria salva el pan de cada día en un mercado donde la gente llena cualquier hueco para generar ingresos.