Israel lanzó ataques contra una refinería de petróleo en Teherán, generando fuego y explosiones en medio del conflicto, mientras Estados Unidos e Israel mantienen el control del espacio aéreo iraní y reportan una merma del 80% en la capacidad misilística de Irán, según el secretario de Estado estadounidense.
Donald Trump predijo ataques incesantes y ordenó la destrucción sistemática de mandos iraníes, apuntando ahora a líderes religiosos y la Guardia Revolucionaria, en un plan que podría durar entre cuatro y seis semanas para colapsar el régimen sin invasión terrestre directa. Benjamin Netanyahu y Trump coordinan la ofensiva, beneficiándose políticamente: Netanyahu gana cohesión interna en Israel ante elecciones, mientras Trump busca un éxito corto para su campaña.
Panelistas advierten riesgos como un giro hacia un control más radical de la Guardia Revolucionaria si cae la dirigencia clerical, posible desintegración étnica en Irán con kurdos y otras minorías, o un conflicto regional involucrando a Hezbollah y países del Golfo. Rusia no intervendrá, según Putin, y la economía iraní colapsa con devaluación y falta de gasolina si se destruyen las refinerías.
La estrategia evoca lecciones de Irak y Venezuela, priorizando revueltas populares y destrucción de comunicaciones para rendiciones locales, sin dañar civiles. Trump moderó llamados a protestas callejeras por el peligro, enfocándose en terminar con Gaza, rehenes y aliados como Bashar al-Assad en Siria antes de Irán.