La Guardia Revolucionaria Islámica de Irán controla gran parte de la economía a través de empresas como Khatam al-Anbiya, que maneja infraestructuras clave como puertos, aeropuertos y la industria petrolera, y ejerce influencia política y militar para sostener el régimen en una guerra de desgaste contra Estados Unidos e Israel.
Luciano Sácar desde Doha y Marina Mirón de King's College explican en DLV Actualidad en Análisis, presentado por Nicole Gays, la estructura política del régimen: el ayatolá supremo tiene la última palabra por encima del presidente, con consejos no electivos como el de Guardianes y Discernimiento que velan por la Sharia y la estabilidad, mezclando legitimidad religiosa y democrática.
El sistema, descrito como autoritario pero no dictatorial, toma decisiones colectivas en órganos con clérigos, militares y políticos cercanos al líder, como Ali Daryani y Ali Shanhani, para evitar errores radicales y preservar la continuidad tras la muerte de Khamenei.
Donald Trump quiere influir en la elección del nuevo líder supremo, rechazando al hijo de Khamenei, pero Teherán lo descarta; Sácar apuesta por un liderazgo colectivo de tres o cinco para evitar eliminaciones, similar a 1989 con Jomeini, mientras clérigos exigen rapidez en la designación.
Mirón diferencia el ejército regular Artesh, enfocado en defensa convencional, de la Guardia, creada en 1979 para defender la ideología, con ramas aeroespaciales, misiles y lazos con Hezbollah, grupos iraquíes y sirios, más Qasem Soleimani asesinado en 2020.