IceCube, un enorme detector de neutrinos, opera bajo la estación Amundsen-Scott en el polo sur geográfico, donde un día dura seis meses de verano y una noche seis meses de invierno. Los invernadores permanecen aislados en este hogar remoto durante un año completo.
El detector se extiende un kilómetro cúbico bajo el hielo polar más transparente del planeta, con más de 5.000 sensores esféricos de vidrio instalados a dos kilómetros de profundidad mediante perforaciones con agua caliente. Cada sensor recibe un nombre único relacionado con temas como pastas, fobias o Muppets antes de congelarse en hielo de cien mil años y conectarse vía cables umbilicales a la superficie.
Estos sensores rastrean destellos de luz de colisiones subatómicas producidas por neutrinos que viajan casi a la velocidad de la luz, apuntando a sus orígenes cósmicos como el agujero negro supermasivo en NGC 1068, oculto en un capullo de gas y polvo visible solo en infrarrojo, radio y rayos X. Billones de neutrinos escapan de un disco acelerador en su centro, con solo docenas potencialmente detectables en la Tierra tras 47 millones de años de viaje.
A diferencia de detectores como Snorlove o SuperK, IceCube requiere oscuridad total y procesa datos manualmente durante meses o años en un ejercicio de espera monástico. Los neutrinos, como el dios griego Hermes, mensajeros escurridizos, oscilan entre estados y atraviesan planetas portando información del universo.