El pastor enfatiza que los cristianos glorifican a Dios honrando su cuerpo como templo del Espíritu Santo, evitando destruirlo con inmoralidad sexual, infidelidad, drogas, alcohol o mala alimentación, y exigiendo confesión plena de pecados como la infidelidad para abrir los cielos divinos y restaurar bendiciones.
Explica que las buenas acciones brillan para dar gloria a Dios, citando ejemplos como el pastor Moody, Moisés cuyo rostro brillaba tras estar con Dios, y Jesús que sanaba paralíticos o resucitaba muertos atrayendo alabanzas al Padre, mientras Pablo atribuía milagros al Espíritu Santo sin quedarse con méritos.
Advierte que portarse mal mancha la reputación de Dios, como cuando los creyentes pecan o son injustos en familia o trabajo, y destaca la obediencia de Obed-Edom cuya casa bendijo Dios atrayendo hasta al rey, y Pedro exhortando a conducta ejemplar ante incrédulos.
Insiste en crecer en fe como Abraham, llamado amigo de Dios por creer promesas imposibles pese a vejez y esterilidad de Sara, rechazando cristianos 'bonsai' estancados espiritualmente, y recuerda que Moisés y Aarón perdieron la Tierra Prometida por no glorificar a Dios ante el pueblo.
Concluye que la obediencia, justicia y maravillas divinas en la vida cristiana desvían atención hacia Dios, atrayendo a otros a Él, y urge dar toda gloria al Señor que da vida, fuerza y capacidad diaria.