Gastón Trezeguet, exprotagonista del primer Gran Hermano argentino en 2001, relata que ingresó al reality con 21 años en medio del corralito y el caos económico, sin enterarse de nada del exterior porque las noticias eran confusas y los productores los mantenían aislados.
Explica que fue un experimento total para todos, productores y participantes, y que él entró sin rumbo claro en la vida, solo por una promoción televisiva, convirtiéndose en una cara emblemática perseguida por la calle y derivando en una carrera de 20 años como productor en la industria.
Atribuye el éxito duradero del formato en Argentina a la pasión del público por tomar bandos, como en el fútbol River-Boca, y al voyerismo de mirar por el ojo de la cerradura, lo que genera sensibilidad extrema por la exposición constante a las cámaras.
Analiza la edición actual destacando antipatías emergentes, como Verónica que habla demasiado de sí misma sin escuchar, Andrea del Boca cediendo el control de la cocina porque la ven como sargento, y egos de influencers que creen su fandom los salvará, aunque la placa planta busca divertir al público real.
Elogia el casting con figuras como Andrea del Boca y su contrafigura Janina Ciri, Brian Sarmiento y personajes cautivadores, mientras defiende a Flor como laburadora incansable.