La pandemia de COVID-19 multiplicó casos de anosmias (pérdida total del olfato), disosmias (distorsiones olfativas) y fantosmas olfativos (olores inexistentes como agua podrida o carnes apodrecidas), donde las partículas químicas toman "atajos neuronales" distorsionados en lugar de la ruta normal.
En el programa, Estela Maris enfatiza la necesidad de un "tutor olfatorio" para pacientes post-COVID, especialmente para detectar gases, humo o alimentos en mal estado, y relata testimonios de pacientes con anosmia congénita o sindromes como Turner.
Usando un modelo 3D, los especialistas detallan la anatomía nasal: cornetes, epitelio olfatorio en la pituitaria amarilla (solo 2,5 cm² con receptores como candados), cintillas olfatorias que forman el nervio olfatorio (primer par craneal), atraviesan la lámina cribosa y llegan al bulbo olfatorio para procesar estímulos.
Una animación educativa explica cómo el olfato detecta fuegos, alimentos frescos o aromas placenteros, su relación con el gusto (por eso resfríos afectan sabores) y vínculos con sistema límbico para recuerdos y emociones. Mencionan pérdida fisiológica con la edad (presbiosmia post-65) y mayor sensibilidad femenina por hormonas.
Presentan el test BAS24 (Barcelona, 24 olores para primer par craneal y trigémino), aprobado por ANMAT como único en Latinoamérica, y lo prueban en vivo con el doctor, quien se pone nervioso ante opciones como vainilla, humo o cítrico.