Martín Moldavsky agradece a su padre Jacobo por el consejo final en el lecho de muerte que le dio permiso para ser feliz, lo que lo llevó a dejar el negocio familiar, divorciarse y cambiar radicalmente su vida, comparándolo con un niño esperando luz verde del padre para jugar.
Relata la partida de su madre Sara, quien se despidió de la familia en una cena sin que lo supieran, soñando esa semana con que su esposo fallecido venía a buscarla, y una vidente confirmó después que el padre la fue a buscar, cerrando el círculo con el diario del lunes.
Explica sus técnicas para vender ropa de mujer, adaptándose al cliente como un boxeador: indiferencia para los distantes, apoyo total para las inseguras, y conquistar a la amiga influyente que puede vetar la compra con un simple "no te queda bien".
Moldavsky detalla cómo compite con políticos argentinos en humor, repitiendo sus frases para rematarlas, agradeciendo el material interminable por cambios electorales y shows como Milei cantando con campera o Cristina hablando sin papel, y defiende el humor político citando a Pinti y Tato Bores, ignorando haters.
Destaca la ventaja de tener una pareja ajena a la política que da perspectiva real, como confundir a Majul con Feynman, y anuncia su regreso a los escenarios en enero, con doble función agotada en el Teatro Broadway de Rosario.