Alejandro Laurna Garay, analista político internacional, describe el conflicto como una guerra regional iniciada en Gaza y expandida, con Estados Unidos e Israel buscando explícitamente el cambio de régimen en Irán tras eliminar al líder supremo ayatolá. Explica que esta estrategia se remonta a 1979, cuando la República Islámica asumió el poder y EE.UU. perdió influencia en la región petrolera, recurriendo a tácticas indirectas como guerra cibernética y el asesinato de Soleimani.
Señala que las instituciones políticas iraníes no están tan debilitadas como narran los medios occidentales, con un proceso en marcha para elegir un nuevo líder supremo mediante un consejo de guardianes y expertos. Advierte sobre las narrativas de guerra de ambas partes y destaca que Irán carecía de capacidad para disuadir el ataque, como anticipó Donald Trump en su discurso del Estado de la Unión, al mencionar nuevas armas y preparación para usarlas en una ventana de oportunidad.
Contextualiza el conflicto en un mundo multipolar, donde EE.UU. pierde posiciones ante el bloque euroasiático liderado por China y Rusia, aliándose con Israel y monarquías del Golfo como Emiratos Árabes Unidos, Arabia Saudita y Qatar para recuperar dominio regional. Enfatiza el realismo internacional: los intereses priman sobre ideologías o sistemas políticos, con alianzas fluidas en la anarquía internacional.
Evalúa las capacidades militares de Irán como limitadas, sin poder confrontar directamente a EE.UU. o Israel, que posee armas nucleares; el objetivo es desarmar sus misiles y plan nuclear. Irán responde con ataques a bases estadounidenses en la región, pero el costo para EE.UU. es mínimo. Al que más conviene desescalar es a Irán, y China condena los ataques en el Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas, llamando a negociaciones.