Santa Victoria Este, en el norte salteño, enfrenta una creciente histórica que cortó caminos en seis puntos durante casi 6 kilómetros, dejando a las familias aisladas sin acceso a servicios ni maestros para las escuelas, que llevan dos semanas suspendidas por las inundaciones.
Los pobladores, acostumbrados a vivir en casitas humildes, pasaron noches difíciles en refugios ante olas impresionantes y abandonaron todo para salvarse, perdiendo freezers, casas y bienes porque priorizaron la vida de sus hijos. La ayuda provincial con módulos alimentarios no alcanzó para las más de 300 familias, generando temores de conflictos al repartir.
Aunque hubo alertas previas, los jóvenes de comunidades como Misión La Gracia lucharon con bolsas de tierra y herramientas contra el río que seguía subiendo, pero finalmente evacuaron a pie o mojándose, cruzando por un angosto paso antes de que se cerrara por completo.
La solidaridad local brilla con donaciones voluntarias de colchones, comida y agua de comercios y vecinos, pero los afectados advierten que en dos o tres meses nadie recordará ni ayudará, y critican el abandono estatal crónico que ya suma cuatro inundaciones en la zona remota, confundida por muchos argentinos con el Chaco.
El pico de agua alimenta en épocas de pesca, pero las crecientes asustan y vacían reservas, generando hambre inmediata ya que no hay dónde recurrir en esta área olvidada del país.