Carmiña atraviesa una noche difícil en Gran Hermano tras recibir nominaciones casi unánimes de la casa por hablar de más y generar rechazo en el cuarto de varones. Lloró confesando vergüenza por mostrarse vulnerable, afirmando que llorar es debilidad y solo lo hace encerrada en el baño, pero un compañero la anima a sacarlo todo.
Se lamenta por meter la pata al decir cosas que no debía, pero defiende tener voz en el juego. Sufre síndrome del impostor al verse viviendo algo impensado, gritando de emoción por primera vez cosas buenas en su vida. Critica que la tachen de mala por decir las cosas como son.
Propone jugar con Mavinga para aliarse y quedar más tiempo, en un intento de supervivencia tras la placa. El panel nota que el rechazo la hace crecer en chances de permanencia y que debe usar esa victimización estratégicamente.