En la fábrica FATE de San Fernando, 900 trabajadores fueron despedidos de manera abrupta, dejando la planta paralizada con portones cerrados con candados y cadenas. Los empleados, muchos con décadas de antigüedad, se enteraron del cierre por televisión mientras estaban de vacaciones o en trámites familiares, generando angustia inmediata por la pérdida de empleo y obra social. Testimonios revelan impactos devastadores en familias, como un padre cuyo hijo con discapacidad pierde cobertura médica, y otro que mantiene a su familia con un hijo desempleado y esposa con necesidades médicas.
La producción de cubiertas cayó un 30% desde noviembre, alcanzando niveles pandémicos, con uso de capacidad instalada desplomándose al 33%, lo que hace improductiva la mitad de las máquinas. Reuniones virtuales entre gobierno, empresa y sindicato SUTNA no revierten la decisión de cierre por parte de Madanes Quintanilla, pese a convocatorias obligatorias. Importaciones chinas y caída en la industria del caucho agravan la crisis, con 22.000 empresas cerradas en dos años.
En el lugar, una movilización con bandas como Hernán de Malafama incluye testimonios desgarradores: Juan, con 17 años en la planta, expresa impotencia por el cierre de una fábrica argentina clave, mientras familias de tercera generación quedan en la calle. Trabajadores rechazan retiros voluntarios por su edad avanzada, exigiendo sus puestos y denunciando la dureza del mercado laboral exterior. La angustia es palpable, con protestas que continúan y promesas de retorno a la cobertura.
El impacto social es brutal, con trabajadores de 50 años angustiados por su futuro, perdiendo no solo jobs sino estabilidad familiar. La fábrica, símbolo de mano de obra argentina, cierra en medio de una economía caótica, dejando a cientos sin rumbo.