Manifestantes en pijama con pancartas y peluches protestan en 12 estaciones europeas, desde Berlín hasta Helsinki, Amsterdam y Lisboa, demandando más conexiones de trenes nocturnos por su ambiente acogedor, impacto ambiental bajo y comodidad de despertar en un lugar nuevo. Exigen rutas a España, Grecia y los Balcanes, criticando la reducción de la red por recortes en subvenciones estatales, como el cierre de París-Berlín-Viena tras dos años y la inminente de Estocolmo-Berlín.
Operadores privados intentan asumir rutas sin subsidios, pero enfrentan altos costes y baja rentabilidad por pocas plazas. Anton Dubrau y Hendrik, de una startup, desarrollan minicabinas individuales convertibles en cama, con ventana, mesa desplegable y espacio para trayectos diurnos o nocturnos, evitando compartir y maximizando capacidad: de 340 a casi 700 pasajeros por trayecto en dos plantas, reacondicionando trenes existentes.
En un taller berlinés, prueban la séptima versión de cabinas, empezando con maquetas de cartón para optimizar espacio y evitar claustrofobia, con áreas para pies, rodillas y cambio de luz. La business class ofrece más espacio. Cálculos indican precios competitivos con aviones, como 100 euros para 1.000 km París-Berlín, promoviendo uso por confort y sostenibilidad frente a vuelos cortos.
Hasta ahora es simulación; obstáculos incluyen burocracia, vías y inversión para hacer realidad esta generación de trenes nocturnos respetuosos con el clima.