En la comunidad rural de Piruás Bajos, marcada por carencias extremas, niños como Mateo y Marcela enfrentan una infancia de belleza natural opacada por amenazas constantes. Viven en casas de nylon o barro sin electricidad, expuestos a víboras e insectos nocturnos, con madres y abuelas vigilando cada paso al baño. La economía depende de hombres que producen carbón y postes de árboles, dejando a mujeres solas en aislamiento. Mateo ingresó al programa de alfabetización, donde la Maestra Gaby y Valentina Montenegro impulsan educación en medio de la adversidad, combatiendo problemas como el agua contaminada con arsénico que causa cáncer de piel y otras enfermedades graves.
Las familias recorren hasta 5 kilómetros para acceder a fuentes de agua precarias, usando zorras y burros, en un sistema alarmante que persiste de mayo a septiembre. En zonas como la sur de Piruás Bajos, a 700 metros, traen agua en vehículos o animales, enfrentando sequías y distancias que complican la vida diaria. Niños como Felip, de 12 años, extraen agua del lago para los vecinos, cobrando por el servicio y gastando en dulces, destacando la resiliencia infantil en este entorno hostil.
El proyecto avanza con bioconstrucción utilizando materiales locales como adobe, tierra, cal y madera del monte, creando casas aislantes contra el calor sin cemento ni hierro. Ya se han construido y habitado viviendas similares, con paredes gruesas y techos vivos de tierra y pasto para regular la temperatura. En Huñaz Pozo, la red de agua aborda el exceso de arsénico por encima de los límites de la Organización Mundial de la Salud, con una perforación a 260 metros de profundidad, tanque de almacenamiento, distribución domiciliar por gravedad y filtros de ósmosis inversa para agua potable.
La maestra reflexiona sobre la calidez humana y la conexión con el monte como organismo vivo, donde niños juegan libremente con plantas, animales e insectos, en un espacio de magia sana pero marcado por carencias urbanas ausentes. Para el futuro, se aspira a que la educación sea herramienta para sueños, permitiendo quedarse o partir por elección, fomentando independencia y crítica, con niños que interpelen y pidan acompañamiento en sus ideas.
El monte enseña dependencia mutua entre seres, esencial para la vida, en un llamado a la responsabilidad compartida en estos entornos vulnerables.