Se evoca la experiencia de vivir en Río de Janeiro en 2002, cuando tras la eliminación de Argentina en el Mundial, los cariocas lanzaron cohetes en celebración. Este episodio ilustra la compleja relación entre Argentina y Brasil, marcada por una dualidad de amor y odio.
Se postula que, a pesar de los sentimientos antiargentinos activados por el fútbol y las redes sociales, los argentinos que trabajan en México y España continuarán haciéndolo. Se menciona que la cultura antirracista con molde europeo y un gobierno que habilita la palabra racista son factores que influyen en esta percepción.