Se describe el juicio eterno, donde los ojos de Jesús, como llamas de fuego, examinarán a las personas.
Se sugiere que en este juicio, las acciones pasadas serán irrelevantes, ya que todo será "borrado" para aquellos que pertenecen a Dios, evitando así la vergüenza.
Se reitera la importancia de ser "santos" y pertenecer a la congregación de los separados, quienes creen y son dignos de la atención divina.