Alemania atraviesa una profunda crisis estructural con su economía estancada, baja aprobación del canciller Friedrich Merck y el ascenso de la ultraderecha (AFD) en las encuestas. El gobierno de gran coalición ha presentado un paquete de reformas fiscales, reducción de burocracia y liberalización laboral, además de un aumento en el gasto de defensa.
La industria alemana, históricamente dependiente de exportaciones y energía barata de Rusia, enfrenta desafíos por el encarecimiento energético y la reducción del comercio internacional. La pérdida de competitividad en sectores clave como el automotriz y químico, sumada a la transición hacia la economía digital, agrava la situación. A esto se suma una crisis política, con fragmentación partidaria y la necesidad de "grandes coaliciones" que generan desconfianza en las instituciones.
La crisis social se manifiesta en el desgaste de las clases trabajadoras y sectores vulnerables, con un 20% de la población viviendo "al límite". A pesar de la fortaleza industrial, la población enfrenta empobrecimiento. La situación económica y política de Alemania es un reflejo de su modelo de crecimiento, que ha llegado a su fin, abriendo interrogantes sobre el futuro de la primera economía europea y el papel de la industria armamentística.